No hubo túnel, ni coro celestial, solo la fría certeza de que la última exhalación se había tragado su propio sonido. El cuerpo quedó atrás, como un traje olvidado en el andén de un tren. Él, la consciencia liberada, no ascendía por elevación, sino por una súbita y silenciosa descompresión.
Su Yo, esa ciudad ruidosa que por décadas había creído habitar, comenzó a desmantelarse: los recuerdos no se desvanecían, sino que se integraban a un muro inmenso, perdiendo su borde individual. Su dolor, que había sido una montaña, se convirtió en una mota de polvo, una partícula suspendida en la inmensidad.
Flotó, no ya en el tiempo, sino en la eternidad desnuda. El espacio no era negro, sino de una simetría tan absoluta que la mirada no encontraba dónde posarse. Era el Vacío Cósmico, no la nada estéril que temió, sino la Unidad Primordial que lo precedió. El destino, comprendió, no era un paraíso ganado, sino la reintegración a la fuente.
Y en ese instante de fusión perfecta, donde la diferencia entre el ser y el no-ser era un chiste oxidado, su conciencia se disolvió en el equilibrio. Descubrió, con una paz tan densa que era casi una condena, que su vida entera había sido solo la sombra imperfecta proyectada por aquella minúscula mota de polvo.
El Yo se había perdido para, finalmente, devenir Lo Real.

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