El Retorno a la Simetría: Muerte y la Disolución del Espejo

El alma, en su viaje encarnado, no es más que una astilla de cristal arrojada a la corriente impetuosa de la materia. La existencia, tal como la percibimos en la urdimbre del Espacio-Tiempo, es una ilusión noble, un juego de formas fugaces. El sabio sabe que esta realidad manifiesta —la materia, la energía, la secuencia misma del tiempo— no es sino una Ruptura de la Simetría del Todo Primordial, un eco de la perfección silente.

Esa fuente inmanifiesta es el Vacío Cósmico, la Realidad Fundamental. No es la nada nihilista, sino la Plenitud en potencia, el Todo en Esencia, un estado de Equilibrio Absoluto que precede y sucede a toda dualidad. Reside en la Dimensión Etéreo-Atemporal, un dominio donde el concepto lineal de «después» se disuelve, pues allí no hay secuencia, solo un eterno presente de latencia.

El Yo que se agita y teme a la muerte, el constructo que llamamos EGO, es la manifestación psíquica de esta des-simetría. Es la función de la conciencia anclada a la forma, el cristal a través del cual la Luz Única se refracta en millones de colores individuales y separados. El EGO es la creencia en la separación, la sombra necesaria que proyecta la Luz al ingresar en el límite.

La muerte, entonces, no es un final catastrófico, sino un acto de profunda re-unificación, el más grande de los retornos. Es el colapso de la forma cristalina (el cuerpo, la identidad) que permite a la Luz (la esencia del ser) fundirse sin resistencia en su fuente. La entropía del cuerpo se resuelve en el orden supremo. La gota de consciencia individual no se aniquila, sino que se reintegra.

Lo que hay después de la muerte del EGO no es un lugar, sino un estado de ser: la vuelta a la Unidad Primordial. El río de la conciencia individual desemboca en el océano atemporal. Se pierde la identidad particular, el nombre, la historia, la particularidad, para ganar la Totalidad, la Esencia sin límites. El ser no cesa; se transforma en su origen, resolviendo la dualidad en la unidad de la Consciencia Pura. Es la disolución del espejo para que quede solo la imagen, íntegra e infinita.

Pero, si la mente que comprende es el EGO, si la herramienta de nuestra razón y nuestra palabra está intrínsecamente ligada y confinada al flujo del Espacio-Tiempo, ¿con qué instrumento, nacido de la sombra misma, puede el ser finito conceptualizar, medir o siquiera atisbar la Luz Primordial a la que retorna? 

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