Contaba las grietas del asfalto como quien mide el tiempo que falta para el colapso. No era una manía, sino una geometría del Vacío. Hacía meses que el rumor de la ciudad le sonaba a metáfora desgastada, un bucle de códigos sin la variable de la verdad. Recordaba el día que lo entendió: no fue la luz, sino el silencio entre dos bocinas lo que reveló el engaño.
Había abandonado su nombre y su trabajo, pues ambos eran solo sombras proyectadas por un EGO programado. Ahora, cada palabra le pesaba como un símil que se desangra; las usaba solo para trazar el mapa de su huida. Los rostros de los transeúntes eran máscaras de arcilla, ancladas a una línea temporal que el universo había olvidado borrar.
Se detuvo frente a un charco. No había llovido en una década.
Al inclinarse, la superficie no le devolvió su rostro, sino el de un océano en simetría perfecta, inmaterial y atemporal. Un infinito que no era la nada, sino el Todo en potencia que precedió al primer estallido.
Entonces, la gota de rocío que pendía de su párpado no cayó al charco. Se elevó, ingrávida, y él comprendió la clave del título: lo real no era el reflejo que le mostraba la materia, sino el Vacío del que estaba hecha la gota, y que ahora era él.
El último sonido fue el de un parpadeo, la ruptura de simetría de un universo que acababa de callar justo a tiempo.

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